De lo esotérico de la literatura

El azar, la pura coincidencia, ¿resultan suficientes para explicar ciertos hechos de carácter extraordinario? ¿Habría que achacar estos a la orquestada conjura de una serie de elementos que escapan en todo punto a nuestra comprensión? ¿O puede que, como dijera Paul Eluard, “el azar no existe y tan solo se producen encuentros”? Sea como que fuere, y a pesar de mi formación eminentemente racional, en estos momentos cruciales no puedo sino manifestar mi asombro ante el instante y manera en que el escritor francés de entre-guerras Louis Théodore Telvar hubo de revelarse a mi interés.

2003, año en el que la oposición entre Marte y la Tierra llegó a ser la más intensa desde que el hombre constata este tipo de fenómenos, también fue aquel en el que, por mi parte, manifesté una particular atracción por el planeta rojo. Todo comenzó en la librería Amon-Ra-Tissait, una de tantas librerías de viejo montrealesas a las que solía acudir con ánimo de adoptar alguno de los libros que, por orfandad o abandono de sus dueños, esperan en estos asilos de cultura la venida de aquel dispuesto a librarlos del olvido, a rescatarlos para, de tal manera, hacerles ocupar la plaza que por eméritos y honorables de sobra merecen.

En un principio, el volumen no me pareció lo suficientemente atractivo. Su autor, un tal Odin Riendeau, no evocó en mi mente el recuerdo de pasadas lecturas y su título, La vida en Marte, permitía conjeturar que quizás me encontrase frente a una de esas historias de seres extraterrestres con las que se embauca a lectores poco críticos o se complace y entretiene a los incondicionales del mito marciano. Allí quedó, en la cárcel acristalada de una vetusta vitrina, aguardando una próxima visita para insinuarse de nuevo si al fin lograba que el aprendiz de bibliófilo que entonces era se resolvía a tomarlo entre sus manos y a explorar entre sus entintadas entrañas. Esto no habría de ocurrir sino meses más tarde y, aun así, no debió parecerme lo bastante seductor cuando, después de unos largos minutos sembrados de dudas, volví a depositarlo, delicadamente bien alineado, entre sus compañeros de infortunio.

  Sea como fuere, mi decisión de adquirirlo antecedió en mucho a la mediatización de la que fuera objeto el perfecto alineamiento entre los dos planetas vecinos y, en particular, de la machacona insistencia con la que los noticieros del mundo entero advirtieron de la inminente llegada al planeta rojo de una batería de sondas espaciales e ingenios de exploración cuyo objetivo era, entre otros, el de descubrir las trazas de una vida pasada.

En el mes de mayo La vida en Marte se constituía en uno más de mis inquilinos impresos y su anfitrión acababa sabiendo que Odin Riendeau, vicario mayor de Sellenes y durante años director del observatorio astronómico de esta localidad, no solo fue un eminente astrónomo cuyos trabajos tuvieron una importancia capital para el conocimiento del planeta Marte, sino que, además, llevó a cabo una intensa labor divulgativa cuyo más próximo parangón podríamos encontrarlo en las personas de Karl Slogan o Isaac Guimauve. Partiendo de la hipótesis de que la vida en el exterior de la Tierra es una posibilidad más que remota, Riendeau se ve forzado no obstante a admitir que las observaciones, medidas y experiencias llevadas a cabo en los últimos años tan solo permitían presumir la presencia de una vida rudimentaria del tipo de algas y líquenes, de una especie de tundra, y que la Humanidad habría de esperar a disponer de instrumentos de observación más potentes y fiables, así como del trabajo de las futuras generaciones de astrónomos, antes de poder concluir sobre tan espinoso asunto.

No mucho después, a principios del mes de julio, cuando me encontraba disfrutando de unas breves vacaciones que decidí pasar plácidamente instalado en la soleada terraza de la que estaba provisto el nuevo apartamento al que acababa de mudarme, habría de producirse mi primer contacto con la obra de Louis Théodore Telvar. El encuentro tuvo lugar en la librería Les héros du livre, de la que era propietario el poeta y filósofo de la llamada “Revolución inquietante” Édouard Brochure, particular individuo cuya personal impronta resultaba patente tan pronto como se traspasaba el umbral de su comercio. Con anterioridad, tan solo en tres o cuatro ocasiones mis pulsiones librescas me habían conminado a penetrar en aquel lugar, y esto después de no hallar nada satisfactorio en mí peregrinar por las restantes librerías de viejo del barrio. Y es que el señor Brochure y sus amigos tertulianos, que tenían a bien convocar concilio bajo la atenta mirada de sus desvencijados volúmenes, compartían el pernicioso hábito del consumo de tabaco y de otras hierbas fumables cuya combustión enrarecía el ambiente a un punto tal que el aire contenido en el local resultaba poco menos que irrespirable. Baste leer, para hacerse una idea aproximada, el capítulo titulado Las nieblas del Capudre de la magnífica novela de Luís Mateo Díez Las fuentes de la edad. En el curso de aquella última sesión de exploración decía, entre anaqueles cubiertos de una añeja pátina de polvo y nicotina, dos volúmenes encuadernados a la holandesa fijaron mi mirada. Se trataba de La bella de veraneo y de Los patanes del espacio, escritos ambos por Telvar a principios de los años veinte y editados en Valenciennes por Edgard Malaferro dentro de su simpática colección de la Bibliothèque du porc-épic.

¿Quién era ese Louis Théodore Telvar del que nada había sabido hasta entonces y que, según figuraba en la bibliografía contenida en ambos volúmenes, contaba con una amplia producción literaria repartida en géneros tan dispares como la poesía, la ciencia ficción (en francés se emplea el término anticipación, más amplio y menos peyorativo), la novela, el ensayo, la divulgación científica, la crítica literaria y, no menos importante, la traducción en lengua francesa de autores de renombre internacional como Stevenson, Kipling, Jerome K. Jerome o Pearl S. Buck?

 Mi predilección por el cuento me llevó a adquirir, en primer lugar, La bella de veraneo, cuyas páginas devoré una tras otra antes de finalizar el día. La claridad del discurso narrativo, su léxico rico y maravillosamente imbricado, la profusa descripción del alma y los sentimientos profundos de los personajes, unido al espacio en el que transcurre la acción de la mayor parte de las historias, el Mediterráneo de la antigüedad clásica, causaron en mí tal impacto que, sin más dilación, al día siguiente trataba de obtener el máximo de información sobre tamaño narrador.

Estoy convencido de que de haber accedido a ella fácilmente mi naciente interés no hubiera llegado más lejos. Las pocas noticias que logré reunir haciendo uso de Internet, esa caja de Pandora siempre útil, eran más bien pobres y, sobre todo, lejos de responder a mis preguntas, abrían la puerta a nuevos e innumerables interrogantes. Los retazos biográficos aparecidos en el número 17 de la revista de lo fantástico El codo del Atlante presentaban a un Telvar de escritura polifacética y con rasgos de personalidad propios de un ser extraordinario como extraordinarias parecían haber sido su labor creadora y su propia vida. Gran consumidor de sustancias estupefacientes, se le reconocía también un importante rol en tanto que pionero de la ciencia ficción francesa, en la que su opus La pompa marciana, compuesta de los volúmenes Los patanes del espacio y Los condenados de la Tierra, habría de ocupar un lugar privilegiado. Así, si el vicario Riendeau nos permite viajar hasta Marte haciendo uso de las lentes de su telescopio, Louis Théodore Telvar, con pleno dominio de su rica prosa, decide transportar los Marcianos a la Tierra haciéndolos desembarcar de sus naves-torpedo después de haber bombardeado intensamente nuestro planeta en un intento por destruir la civilización que, tras miles de años de paciente y sabia evolución tecnológica, los seres humanos habíamos llegado a desarrollar.

¿El nexo entre ambos? Louis Théodore Telvar, científico autodidacta en el más amplio sentido enciclopedista y autor de un muy interesante manual de astronomía, no podía por menos que encontrarse al corriente de los trabajos de una eminencia en la materia como lo era Odin Riendeau. Así, emplea la figura del vicario de Sellenes para construir la identidad del personaje que a lo largo de toda la trama de La pompa marciana se encontrará al frente del mermado grupo de humanos que trata de escapar a la catástrofe para acabar convirtiéndose en depositario y defensor de los valores morales y los conocimientos científicos que, en un incierto futuro, habrían de servir para la sentar las bases de la nueva Humanidad redimida.

Este último aspecto, claramente constatado tras un pormenorizado estudio de Los condenados de la Tierra, pone bien de manifiesto ese halito de particular misterio que desde un principio ha venido caracterizando la manera en que el gran secreto de Louis Théodore Telvar hubo de serme revelado. El círculo cuyo trazado fue abierto por el descubrimiento de la obra de Riendeau, que continuaría definiéndose más tarde debido al fenómeno de oposición entre Marte y la Tierra y la adquisición de Los patanes del cielo, acabaría cerrándose definitivamente gracias a la inclusión del vicario de Sellenes en la que una parte de la crítica científica francesa consideró como la obra por excelencia de Louis Théodore Telvar, me refiero a La pompa marciana. Esto no fue, no obstante, sino el principio. Ahora, el final está próximo. Los marcianos están a punto de descubrirme agazapado en mi escondrijo. Presa de sentimientos contradictorios, la añoranza de aquellos entrañables momentos de ávida y plácida lectura en la terraza de mi apartamento se desvanece ante el terror de ver mi mundo sometido a la sádica férula de esos seres diabólicos venidos del infierno rojo. La Gran Profecía se acabará cumpliendo después de todo en estas postrimerías de 2012. ¿Cómo no fui capaz de verlo antes? Los libros… Los libros… Todo estaba en los libros…

Lucas Cárdenas
Montreal, diciembre de 2012