CRÓNICA: La contadora de películas – Hernán Rivera Letelier

Es necesario efectuar una pequeña introducción sobre la Pampa salitrera, que todo chileno amante de la historia de su país debe conocer, con el fin contextualizar debidamente La contadora de películas, la última novela de Hernán Rivera Letelier.

La Pampa salitrera es una parte del desierto de Atacama que toma su nombre del hecho de que, desde por lo menos los inicios del siglo XIX hasta una época relativamente reciente, toda zona producía colosales cantidades de salitre, un mineral muy buscado, utilizado, entre otras cosas, para la elaboración de explosivos. Los ingresos que el estado chileno obtenía con su venta y exportación eran tales, que se le acabo llamando “oro blanco”. Sin embargo, debido al descubrimiento del salitre sintético en el primer cuarto del siglo XX, el precio del salitre natural se irá devaluando progresivamente hasta ocasionar el cierre de las factorías, el despidos de los trabajadores y, finalmente la desaparición de la práctica totalidad de los casi cien pueblos salitreros, u oficinas, como se les solía llamar, que habían emergido durante todo ese tiempo.

La vida de las gentes en esas oficinas, algunas de los cuales no pasaban de ser meros campamentos, era de una dureza extrema. Los obreros, la capa más baja de la sociedad, vivía en casillas provisionales, los empleados en casas de adobe, y los administradores gringos, el grupo dirigente, compuesto de ingleses, alemanes, franceses y otros extranjeros, en chales con todo tipo de comodidades.

En uno de esos campamentos, uno de los más pobres, a caballo entre la década de los años sesenta y de los setenta, es decir, durante los últimos estertores de la explotación del salitre, es donde transcurre esta la historia narrada en La Contadora de películas. La miseria y el abandono eran tales que ni tan siquiera existía un triste salón donde poder bailar. Las únicas distracciones se reducían a esporádicos partidos de fútbol entre equipos de diferentes oficinas, y al visionado de las películas que de vez en cuando eran proyectadas en el cine local.

Es aquí donde reside María Margarita, la protagonista, una chica joven, casi una niña, junto con su padre paralítico (debido a un accidente de trabajo en la salitrera) y sus cuatro hermanos varones, todos mayores que ella. Su madre les ha abandonado tras el accidente del padre y la pequeña pensión que este recibe apenas da para lo estrictamente necesario, entre lo que no se cuenta, evidentemente, el cine.

Sin embargo, el padre, gran amante de películas mexicanas, tiene una idea: enviar a cada uno de sus hijos a ver una película y hacer que luego la cuenten al resto de la familia con tantos detalles como sea posible. La competición dura varias semanas pero María Margarita la gana sin muchas dificultades. A partir de entonces, será ella y solo ella, la encargada de ir a ver una película cada semana para luego traducir las imágenes en palabras ante su padre y humanos.

El talento de María Margarita es tal que los amigos de sus hermanos y, más tarde, algunos vecinos, se suman a cada una de las sesiones. Con el tiempo, numerosos curiosos se agolpan en las ventanas queriendo asistir a la narración de esas películas orales que aunque fueran en blanco y negro parecían contadas en technicolor y cinemascope superando incluso a las originales. Y es que María Margarita no solo narra, sino que, al mismo tiempo, efectúa la mímica de cada uno de los personajes además de canta los diferentes temas musicales que artistas como Jorge Negrete interpretan en la pantalla.

¿Porque no pedir una pequeña contribución a toda esa masa de público, le dice una avispada vecina? María Margarita se niega en principio, pero enseguida se percata del lado práctico de la cosa: no solo su familia podría disponer de un poco de dinero extra, sino que, por otro lado, parte de la recaudación le permitiría pasars el día viendo nuevas películas para poder así incrementar su repertorio. Se convertirse de este modo en toda una profesional. Su fama alcanza tales proporciones que finalmente incluso la llaman para ofrecer narraciones a domicilio: primero en casa de los empleados y, más tarde, en la de algunos administradores.

Tan solo le falta una cosa, buscarse un nombre artístico, como aparece recogido en la página 58 de la novela:

Tras mucho pensar, inventar y componer nombres -algunos sacados de la revista
Ecran, otros del santoral del calendario y hasta de una vieja Biblia que había
en casa, única herencia de mi abuelo paterno-, ninguno me conformaba. Hasta que
una tarde le oí decir a la vecina ilustrada de la Oficina, hablando con mi
padre:

Su hija es un hada contando películas, vecino, su varita mágica
viene siendo la palabra. Con ella nos transporta a todos.

Entonces se me
ocurrió. Se me iluminó la azotea, como decía mi hermano mayor.

Me
llamaría Hada Delcine.

Lo repetí varias veces y me pareció que sonaba
bien; incluso dejaba un sabor como afrancesado en la boca.”

Sin embargo, es a partir de ese momento y debido, entre otras cosas, a la llegada amenazadora de la televisión, cuando las cosas comienzan a torcerse de verdad aunque en realidad ya lo estuvieran desde el principio, porque a pesar del nombre artístico de la protagonista, La contadora de películas no es un ningún cuento de hadas. A pesar del humor que ustedes habrán podido apreciar en el extracto que precede a estas líneas (hay que precisar que Rivera Letelier nos ofrece grandes dosis) la verdad es que nos encontramos ante la exposición de un profundo drama social y personal. ¿Hasta cuando aguantará el organismo de ese padre paralítico y gran consumidor de alcohol? ¿Podrán sus hermanos sustraerse al inefable destino de la mayoría de los peones de la pampa? Y ella, la propia María Margarita, que con sus catorce años recién cumplidos atrae ya las miradas de deseo de algunos de los gringos y empleados de la oficina, ¿podrá aspirar a algo mejor que los sueños truncados de su madre?

Ya mencioné al principio de está crónica cual fue el final de las salitreras. Rivera Letelier nos introduce en ese mundo decadente para mostrarnos su profunda nostalgia de la época mágica de los cines en la pampa, y en general, de aquellos tiempos en los que el cine movilizaba las masas, las salas se encontraban repletas de espectadores y tan fácilmente nos dejábamos transportar por la imaginación.

Aunque, probablemente, tan solo suceda aquello que tan claramente supo expresar el poeta español Jorge Manrique en las famosas coplas a la muerte de su padre:

Cuán presto se va el placer,
Cómo, después de acordado, da dolor;
Cómo, a nuestro parecer,
Cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Crónica de Francisco Hermosín, transmitida en Radio Centreville en Montreal, Qc.
Este libro y muchos otros títulos se encuentran disponibles en Librería Las Américas.